Colombia atraviesa una nueva fase de degradación de las confrontaciones armadas. Los acontecimientos registrados entre finales de octubre y comienzos de noviembre de 2026 evidencian la persistencia de disputas territoriales, el uso creciente de tecnologías explosivas, el desplazamiento de comunidades y la exposición de la población civil a escenarios de violencia que comprometen sus derechos fundamentales.

La Sala estableció que los homicidios, desapariciones, desplazamientos, torturas, violencia sexual y persecución contra civiles hicieron parte de un patrón macrocriminal que involucró a integrantes de la Fuerza Pública y estructuras paramilitares, principalmente el Bloque Cacique Nutibara (BCN).

La paz territorial vuelve a quedar en entredicho en el sur de Córdoba. En una denuncia pública del 27 de octubre de 2026, la Asociación de Campesinos del Sur de Córdoba (ASCSUCOR) y ASODECAS cuestionaron las amenazas de retirar beneficios del Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS) y la advertencia de recurrir a la Fuerza Pública si las comunidades impiden nuevas visitas de verificación.

Los abusos policiales, la muerte de Donovan Balanta, las denuncias de agresiones contra comunidades negras e indígenas del río San Juan, la muerte de una campesina durante una operación militar en Vista Hermosa, los desalojos cuestionados en Medellín y la disputa por la memoria del conflicto plantean una pregunta urgente: ¿qué concepción de Estado y de seguridad se está configurando en Colombia?

Más de 450 organizaciones y representantes sociales reclaman a Naciones Unidas que mantenga su respaldo a la implementación integral del Acuerdo de Paz de 2016. Su carta expone una contradicción central, mientras la paz se reconoce formalmente, persisten la violencia contra quienes la defienden, los rezagos institucionales y las transformaciones territoriales pendientes.

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